En pleno siglo XXI la mujer sigue sometida a la esclavitud del machismo

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Naciones Unidas nos invita a pensar en igualdad, construir inteligencia e innovar para el cambio en el Día Internacional de la Mujer que se conmemora este 8 de marzo. En un país machista como Colombia, cumplir con esta convocatoria es un desafío que debe superar todo tipo de barreras.

Vivimos en una sociedad que matonea a las mujeres por cómo se visten o por lo que dicen, porque por su género hasta las mujeres con mentalidad machista se dan el lujo de dudar de las otras o de criticarlas por asuntos superficiales o de fondo. Existe en muchos casos una insolidaridad entre el mismo género.

Miremos para empezar el matoneo al que fue sometido la primera dama de la nación por la ropa que vistió en una visita a Estados Unidos. Muchos de sus críticos ni siquiera se tomaron el trabajo de averiguar que ella visibilizó creaciones de diseñadores colombianos.

La cuestionaron por ser mujer, y se detuvieron en el atuendo, sin pensar en los temas que como primera dama presentó en su visita.

Los prejuicios persiguen a las mujeres desde todos los flancos. Para no ir más lejos, miremos las palabras que utilizó el antropólogo Fabián Sanabria, en redes sociales, para calificar a la abogada y tuitera Natalia Bedoya. La llamó ‘enciliconada’ y después ante las críticas por su equivocación le ofreció disculpas por haber escrito la palabra con c y no con s, como una nueva forma de volverla a llamar ‘ensiliconada’.

Burlas y arrogancia es lo que muestra la expresión. Otra vez, una actitud machista que, viniendo de un profesor universitario, produce tristeza. Descalificar se ha convertido en uno de los mecanismos más usados para maltratar y minimizar a las mujeres.

La lista es imparable. Recordamos que Ignacio Greiffenstein, un reconocido periodista que trabajaba en la Presidencia de la República, tuvo que renunciar a su cargo después de publicar en twitter un comentario machista contra las mujeres a las que ofendió, tratándolas de putas.

Y hay episodios que destacan por su gravedad, como el de las denuncias que entabló ante la Fiscalía la esposa del concejal progresista Hollman Morris por maltrato y violencia intrafamiliar.

Y no fue solo ella la que públicamente lo denunció. Lina Marcela Castillo, que trabajó con el hoy concejal, dice que fue acosada y que el aspirante a la alcaldía usaba frases típicas para referirse a ella por ir en falda, por sus rasgos, manifestándole que “quería comer negra”.

Prejuicios son los que destacan en estos comportamientos de un servidor público que como respuesta a estas denuncias sale a contra denunciar por calumnia y a decir que hay conspiraciones en su contra. Pero los hechos no los puede desmentir.

Como no los ha podido desmentir el entrenador de fútbol Didier Luna, con trayectoria en equipos masculinos y femeninos, y que ahora está respondiendo ante la justicia por las acusaciones de acoso sexual y laboral a futbolistas mujeres de la selección Colombia sub-17.

Frases insinuantes, intento de besarlas, tocamientos inadecuados en la cara y en otras partes de su cuerpo, bajo una supuesta figura paternal, hacen parte del disfraz que no solo ese técnico sino en otros escenarios laborales se utiliza para esconder lo que es abuso, acoso y maltrato, aprovechando una posición de mando.

Pulula el piropo malintencionado, grosero y morboso; el abuso en el transporte público y hasta en servicios como Uber, donde las mujeres, por el hecho de ser mujeres, han sido acosadas. Se les inculpa de provocadoras por vestir con minifalda o un escote, o por llevar sus brazos al descubierto. Un cúmulo de sinrazones que ponen a la mujer en desventaja frente a sus agresores.

Esto es lo que está significando hoy ser mujer en una sociedad machista. Sitiadas por abusadores que se esconden detrás de la lisonja, que fingen inocencia en público y apabullan en privado, que descalifican cuando se ven expuestos ante la opinión pública.

A todo este panorama se suma que la igualdad en Colombia está lejos, y con muchas barreras de género y brechas enormes entre la letra de las leyes y normas y la realidad.

Hoy tenemos 21 % de mujeres en el Congreso, 17 % en las asambleas departamentales, 18 % en los concejos, 12 % en las alcaldías y 15 % en las gobernaciones. Llegar a 50-50 como propone la ONU es todavía uno de los grandes retos.

Y qué decir del empleo. Las mujeres ocupan el 50,7 por ciento de los puestos de trabajo, pero ganan entre el 25 y el 33 por ciento menos que los hombres, ocupando posiciones similares.

Si a esto le sumamos los cientos de mujeres afectadas por la violencia en Colombia, el panorama es desalentador. En enero y febrero de este año fueron asesinadas 138, más de dos al día. Hubo entre esos casos al menos 10 feminicidios y 15 crímenes por violencia intrafamiliar, según las cifras oficiales del Instituto de Medicina Legal.

En dos meses este año ya hubo 2.471 denuncias por violencia intrafamiliar, 3.263 por delito sexual, 5.501 por violencia interpersonal y 5.877 por violencia de pareja, la cifra más alta entre todas las violencias que sufren las mujeres. En el 59 por ciento de los casos, sus parejas y exparejas las mataron a golpes.

Tenemos que sentir vergüenza porque cada día 100 mujeres son violentadas por su pareja o expareja, según Medicina Legal.

La equidad y la igualdad comienzan por la liberación de todas las violencias, para que las mujeres dejen de dedicar sus esfuerzos en la defensa de su integridad personal, y se puedan concentrar en su proyecto de vida, en gozar de sus derechos y crecer como personas.

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